Rodeada en la cocina de todo tipo de turrones, polvorones, y mandarinas y medicinas aún, pienso en el viaje de vuelta en tren a Barcelona.
Las cuatro horas se me hicieron pesadísimas. Igual fue por el documental de aves o por la peli rayada que pusieron. O quizá fue por la mujer que no paraba de chillar su amor a la persona que estaba al otro lado del teléfono, o por la niña marimandona que no paraba de contar cosas, siempre hasta ocho: pasajeros, cartas... uuuno, dooos, treees, cuaaatro... aunque ésta aún me hizo reír un poco. Yo no quería contar, yo necesitaba cuentos, historias pequeñas. Y como no tenía ningún libro de cuentos ni tenía ganas de inventarme uno, decidí ponerme a pensar en algo concreto. Tomar una decisión. ¿Cómo puede ser? ¿Cómo puede ser que te pases tooodo un trayecto pensando, sin nada que te estorbe demasiado y no sacar casi nada en claro o, sacarlo, y que al cabo de poco rato se vuelva a meter? (a parte de todas las horas que le has dedicado antes, claro).
Todavía estoy triste. Odio irme de Pamplona. Más que si me hicieran madrugar despertándome con Juanes durante un mes entero. Siempre que me voy de allí, y cada vez más, siento que tendría que quedarme. No por nada en concreto, creo. Son sensaciones.
Uno, dos, tres, cuatro.... un minuto y cincuenta segundos le cuesta a la pastilla efervescente deshacerse. Casi una canción de The xx. Casi lo que tardo yo en pensar en algo cuando intento mantener la mente en blanco.
Las noches en Pamplona son demasiado. ¡ Feliz año ¡ (por cierto)
No hay comentarios:
Publicar un comentario