A veces desearía convertirme en uno de los niños de la avalancha de inocencia que me atropella en las escaleras cuando salgo de dar las clases extraescolares. Dedicarme a hacer zancadillas, construir castillos con piezas de madera, recoger a regañadientes los juguetes, preguntar porqués con respuesta y que me metieran en un “grupo” que llevara por nombre el de un animal. Tener que decirle a mi madre que voy a la clase de los elefantes y no que el tiempo pasa demasiado deprisa y que, conforme pasa, todo se vuelve más complicado.
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