sábado, 15 de enero de 2011

Diego y su pisito

Me encanta reencontrarme con Diego y su pisito. Es bonito, no muy grande y acogedor. He ido dos veces. La primera vez que fui, después de que me analizara de arriba a bajo, de fuera a dentro, cogimos confianza enseguida. Se sentó a mi lado en el sofá y vimos un concierto de U2 tapados con una manta de cuadros y una cerveza. Acabó el concierto y el sol nos iba avisando de que se estaba haciendo de día, y allí seguíamos los dos, sentados uno al lado del otro, sin decir ni mu. Él a veces me miraba de reojo y a mí me gustaba que lo hiciera. Me giré para observarlo;  observar su quietud, su tranquilidad, sus grandes ojos negros. La luz del sol inundaba ya el comedor  y el color blanco se estaba apoderando de aquella mañana. Pensé que había llegado el momento, tenía muchas ganas. Ya habíamos cogido confianza, a mí me gustaba estar a su lado y a él creo que no le importaba estar conmigo. Así que nada, sin apartar mi mirada de sus ojos, me dispuse a acariciarle la espalda, estaba segura de que no me rechazaría. De repente, algo que no me hubiera imaginado nunca, ocurrió...

.... dio un salto, bajó del sofá y se puso a mirar por la ventana.

La segunda vez que visité su piso fue mucho mejor. Cuando llegué me estaba esperando al fondo del pasillo, se dejó acariciar y hasta durmió con nosotros a los pies de la cama. Creo que vamos a llevarnos bien.

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