
Estaba a punto de empezar la primavera. El viento agitaba su melena con fuerza y le descolocaba el foulard. Empezaban también los diluvios nocturnos y las primeras flores sobrevivían al temporal y parecían estalactitas. Esas inesperadas lluvias nocturnas atacaban a su subconsciente y sus pensamientos vagabundeaban por parajes oscuros, así que cogía el ron. Bebía hasta que la tristeza hacía la voltereta en el jardín.