No me gusta madrugar, y menos cuando hace frío. No quiero tomate en los bocadillos donde hay queso, ni caerme delante de la gente. Odio hablar en público. ¿Dónde está el límite de decir la verdad? Yo no lo sé, a veces lo cruzo y otras veces me quedo corta. Me importan una mierda las historias de amor, ya no soy capaz ni de imaginarlas por mucho que las eche de menos. Me he levantado a las 9 y media y le he preparado un desayuno a mi madre por su cumpleaños. Ayer no la vi en todo el día, ni la felicité. Plátano con miel, tostadas con mermelada, café, una magdalena, zumo de naranja y flores. ¿A quién le importa si estoy más triste que ayer y menos que mañana? Que alguien me explique como se le piya el truco a la vida.