lunes, 4 de julio de 2011

Una mañana peliculera







El día de hoy se presentaba como un triste día gris y con muchos noes. De esos en que maldices a la lluvia por no avisarte de que cojas un paraguas y por hacerte llorar.
He salido de la universidad con una buenísima noticia y he decidido tomarme algo en la terraza de uno de los bares que hay cerca mientras esperaba el próximo tren. Mientras me tomaba mi buenísimo te de vainilla bien calentito han empezado a caer algunas gotas. Sí, lo que faltaba. Me daba igual. De hecho, estaba deseando que lloviese de verdad para tomarme el te empapada. Cualquiera que me hubiese visto pensaría que estoy loca. Sería una loca contentísima, orgullosa y feliz.
Yendo para la estación, un chico me ha pedido fuego y yo a él un cigarro. Me iba a sentar muy bien uno después del angustioso rato que había pasado intentando sacar puntos de donde fuera para aprobar una asignatura que ya había repetido este año. No quería convertirme en la campeona de la universidad y acabar especializada en Powerpoint y Word, y conocer a todos los profesores de informática de la universidad e incluso hasta los que aún estaban por nacer. No, no quería.
Hemos estado charlando y viendo pasar algunos trenes desde arriba. Yo me alegraba de haber salido más tarde de lo  previsto de la revisión del examen, de que fuera un día lluvioso y que consecuentemente el chico hubiera tenido que coger el tren y no la moto, de que no tuviera mechero, pero sí cigarrillos y de que el tren llegara tarde. Madre mía, era guapísimo. Parecía que lo hubieran enganchado expresamente en este día de mi vida junto a las nubes grises, la lluvia, la vainilla y el tren. Podría decir que casi no lo podía mirar a los ojos, pero mentiría. Eran unos ojos azules preciosos. ¡Cómo no iba a mirarlos! La tez morena, el olor a marihuana y el pelo rubio (no amarillo) que tanto me gusta. ¡Cómo no iba a mirarlos! Yo tenía que comprar el billete y él ha bajado al andén.
Mientras bajaba las escaleras iba alegrándome de haberme puesto lo primero que había pillado, de no haberme dado tiempo de ducharme ni de hacerme las cejas, y haber zampado un montón el día anterior porque igual no hubiera aparecido. No creo tampoco que yendo hecha un pincel me hubiera invitado a ir a una residencia de Barcelona con sus amigos. Hemos buscado un sitio donde hubiera dos asientos juntos libres. Él escuchaba música, dormía y miraba por la ventana, y yo leía y miraba cómo las gotas chocaban contra la ventana, caían y hacían caminos de agua. Disfrutaba y me divertía intentando que no me pillara observar detrás del libro la perfecta combinación que le hacían los labios rosados y carnosos con la tostada piel y el resto de sus facciones. Espero que no se diera cuenta que me costaba más tiempo del normal pasar de página. No podía evitar mirar embobada el pliegue de sus rodillas musculadas, los gemelos y los huesudos tobillos, tapados con unos calcetines cortos azules y unas zapatillas bonitas y sucias. Miraba cómo se humedecía los labios en el reflejo de la ventana y pensaba en cuál sería su nombre. Al levantarme le diría adiós y le preguntaría cómo se llamaba. No podía quedarme con esa duda. Tenía que tener un nombre.
Anuncian mi destino y me empiezo a poner muy nerviosa. El corazón me va deprisa. Le tengo que preguntar cómo se llama y al mismo tiempo no caerme encima de algún pasajero al levantarme, si puede ser. Me incorporo con un tímido temblor en las piernas y nos decimos adiós. Le he puesto Roger.
A pesar de que a las 9 de la mañana todo apuntara lo contrario, ha resultado ser una preciosa mañana gris en la que deseas bañarte. En la que te alegras de no haber cogido paraguas y de pasar por calles sin balcones.
¡ Cuidado, coge protección, está saliendo el sol!

1 comentario: