La chica no podía articular palabra a causa de la belleza de él. Y él no se dio cuenta que mirándole a los ojos podía contactar con su cerebro. Ella se sentía más cómoda con el silencio que teniendo que seguir conversaciones que no le interesaban un rábano. Él le siguió dando conversación mientras ella afirmaba educadamente hasta que llegó a su destino. Qué curioso, pensaba yo. Al bajar, el chico se fue con sus amigos y se rió de lo mal que lo había pasado y del silencio de la chica y entonces entendí lo inteligente que había sido.
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